The dog of Los Baldios in memory

La finca de Los Baldíos está situada hacia el suroeste de la Ciudad de La Laguna, a unos tres kilómetros aproximadamente. El pasaje se sitúa a la izquierda conforme se avanza hacia el barrio de San Miguel de Geneto. Flanquean la entrada de la finca dos largas hileras de viejos eucaliptos, inmutables a través del tiempo, testigos de innumerables estaciones, que se inclinan uniformemente, diría que con reverencia, ante el viento Norte que los agita continuamente. Los fuertes árboles, membrudos, de poderosa envergadura, prestan identidad a la finca y se destacan en lontananza de forma inconfundible, en una zona donde el arbolado es poco abundante. Desde tiempo inmemorial Don Víctor Fuentes, al igual que lo hiciera su padre, consintieron el paso a través de la hacienda a numerosas familias que habitaban los terrenos situados al sur de la misma, las cuales utilizan esta gracia como atajo para acceder a los próximos pagos de Geneto y Llano del Moro.

Al fondo del largo camino doblemente arbolado se encuentra la casa campesina de los Fuentes, ejemplo de arquitectura tradicional canaria. La componen diversas dependencias cubiertas de teja árabe y desde ella se divisan los distintos niveles de la finca permanentemente cultivada por el favor que le presta un clima fresco y seco, durante casi las cuatro estaciones del año.
Ante la casa se extiende un largo espacio empedrado al que desembocan los establos y porquerizas. El inquilino de Los Baldíos era por ese entonces maestro Miguel Palmera, que con su familia explotaba la finca con carácter de medianero al servicio de Don Víctor Fuentes. Si bien los Fuentes poseyeron desde siempre perros de presa en la finca, recuerdo que por ese entonces era sólo el Quebrado el fiero y leal vigilante del lugar. Reunía el Quebrado las características física y psíquicamente, de un genuino representante de Presa Canario de capa abardinada en gris y calzado de blanco. Gran cabeza coronada por orejas recortadas y algo carcomidas, con amplios belfos que cubrían una boca limpia y bien armada. Frente poderoso, bien aplomado, sobrio de carnes y de aire recio y atento.

En mis visitas a la finca hacia 1956, nunca faltó la cercanía del Quebrado. Era la suya una presencia imperceptible. Adonde quiera que fuese, el perro merodeaba o se tumbaba cerca dormitando pero sin dejar de vigilar de soslayo nuestros movimientos. Conforme le había enseñado maestro Miguel Palmera, desarrollando su natural tendencia, tenía el Quebrado una rara habilidad para distinguir la personalidad de los visitantes a la finca, a los cuales reaccionaba al igual que su dueño.

Maestro Miguel Palmera tenía buena mano para la educación del perro de presa. Un trato justo que no concedía concesiones al animal y al que no toleraba que acortara distancias. Le hablaba seria y rudamente, en una jerga que sólo el Quebrado entendía. No eran palabras las que dirigía maestro Miguel al perro, sino una serie de rudos sonidos que actuaban de maravilla. Como consecuencia el Quebrado reaccionaba distinguiendo sus acciones perfectamente. Sacaba al ganado basto al pastizal, lo recogía en la tarde y lo conducía a beber a la atarjea cercana; recorría con rapidez y en solitario los lindes de la hacienda o clavaba al visitante ante la casa. Permitía no obstante el paso de las personas que atajaban a través de la finca, por la serventía establecida por sus dueños. Tras el establo, a la sombra del nogal centenario que servía de protección a las parvas de forraje para el ganado, maestro Miguel Palmera hacia combatir al Quebrado con ejemplares del contorno, saliendo normalmente bien librado de los entreveros.

Diariamente, a lomos de la potra y seguido por el Moro, atravesaba la finca de Los Baldíos maestro Eugenio Alonso, rumbo a sus predios del Sobradillo, situados al Oeste de Los Baldíos y también hasta la Bica, finca distante varios kilómetros al Norte, en los Altos de Aguagarcía. En ocasiones maestro Eugenio Alonso partía hacia esta última finca en las primeras horas de la noche con el fin de iniciar su labor de madrugada y emprendía el regreso la mañana siguiente.

Era vieja la amigable rivalidad de Eugenio y Miguel por su trabajo en la agricultura y ganadería, rivalidad que hacían extensiva a la calidad y potencia de sus perros. Aunque no perdían la ocasión para pelear a sus presas, bien es cierto y conforme informó maestro Miguel, nunca habían enfrentado al Quebrado con el Moro. Existía respeto e íntimo temor entre los dos campesino, pues sus perros eran buenos luchadores y les iba en ello el prestigio. Era el Moro de maestro Eugenio Alonso un Presa de recia planta, con marcada musculatura que hacia resaltar aún mas una capa abardinada obscura, sin manchas, de pelo hirsuto y bien distribuido. Recuerdo que en su cabeza resaltaban especialmente los músculos maseteros, aspecto al que contribuían unas orejas quizás excesivamente recortadas y erectas. Obedecía ciegamente la voz de alto timbre de maestro Eugenio, y en sus largos recorridos se mantenía siempre atento a unos metros tras de la potra, sin rebasarla.

En aquellos tiempos, el disponer de perros de presa era algo habitual, y no había finca, hacienda o casa campesina que no contara con uno o varios ejemplares. Existía una gran afición y aprecio por el Presa Canario, el cuál conducía y vigilaba el ganado vacuno y se le entrenaba para luchar. El contacto continuo con el amo, al que obedecía ciegamente, lo convertía en un animal completo. Como consecuencia, de los aficionados surgían con frecuencia gente muy hábil en el manejo de estos perros, sobre todo en el medio campesino donde existían normas tradicionales para el recorte de orejas y el adiestramiento. A partir de este momento, en que la necesaria descripción del entorno y los personajes de este recordado hecho de juventud han sido planteados, paso a relatar lo que aconteció a finales de mes de Enero de 1.956, en la finca de Los Baldíos.

En unión del hijo de Don Víctor Fuentes y otro amigo llamado Teobaldo de la Rosa llegamos a Los Baldíos a media tarde, en esa hora de recogida del ganado para su encierro y ordeñe. Empujaba y roncaba el Quebrado alrededor de una veintena de reses bastas, de bellas capas leonadas y de gran alzada, hasta conseguir introducirlas en el establo, donde aguardaba maestro Miguel y un hijo suyo distribuyendo el cisco que servía de cama al ganado. Pasamos a la casa, donde Saturnina, la esposa de maestro Miguel, alegrándose con nuestra presencia, dispuso algo de tomar para ir pasando, hasta que su marido se reuniese con nosotros a tratar el asunto que motivó la visita.

Conversando animadamente dieron aproximadamente las nueve de la noche y dispusimos el regreso a la Ciudad, cuando se inició un tremendo aguacero, propio de la estación, que nos impidió salir momentáneamente. El Quebrado se hallaba junto a la puerta de la modesta cocina que nos albergaba, enfrentando el patio empedrado al que iluminaba débilmente una bombilla en el exterior. Los aguaceros continuaron de forma intermitente, lo que hizo prolongar la velada más de lo pensado. Por fin cesó la lluvia y quedó todo en calma. La luna de Enero aparecía y desaparecía, iluminando a veces el patio y dependencias de la casa.

El Quebrado se había ausentado de su puesto desde hacía largo rato, y nosotros, haciendo comentarios sobre la dureza de la noche, dispusimos la marcha. No habíamos abandonado aún los asientos que ocupábamos en el recinto, cuando un sordo y feroz sonido llegó desde el exterior. Nos levantamos como un sólo hombre y maestro Miguel Palmera tiró disparado hacia la puerta de la cocina donde Saturnina se encontraba mirando hacia afuera, apretando fuertemente un paño contra su boca. Precedidos por el medianero: franqueamos el patio empedrado que se extendía ante la casa y una escena que parecía de ficción apareció ante nuestros ojos. El cuadro rayaba lo irreal y dejó hondo recuerdo en mi mente, pues el lugar, la hora y los elementos aumentaban, en siniestro contubernio, la irrealidad de la escena. La noche dura, negra y tormentosa abrió sus nubes que permitieron la aparición fugaz y fantasmagórica de la luna, dejando al descubierto un trozo de cielo iluminado, sobre el cual pudimos apreciar las negras siluetas de los recios e inclinados eucaliptos, con sus ramas abiertas y retorcidas como garfios. Al pié del oscuro follaje, inmóvil, a lomos de la potra, se hallaba, cubierto por la gruesa manta y el sombrero calado impidiendo ver su rostro, maestro Eugenio Alonso, y ante él, sobre la superficie empedrada, el Moro y el Quebrado se acometían con ferocidad. Los perros, erguidos sobre su miembros traseros, habían conseguido „trancarse” y aguantando las presas, pechaban intentando la mejora.

Esa noche, en su paso por el camino de eucaliptos, como era habitual, el Moro y el Quebrado se habían contemplado a distancia, pero en esta ocasión el Moro recibió una orden de maestro Eugenio Alonso. El perro entró en el territorio del Quebrado y con la ferocidad y el entusiasmo característicos de esta casta, atacó a su oponente que sin demorar un instante entró seguro en la „pecha”. Los dos perros erguidos, la silueta inmóvil del jinete recortándose sobre el bravo paisaje, creaba un efecto increíble. Los gladiadores, en plena contienda y sin aflojar, emitían sordos ronquidos en su afán por dominar. No se apreciaban mordiscos aquí y allá, sino solo presa que ponía a prueba el empuje y potencia de sus cuellos y la habilidad que distingue al Presa de Canarias. Nosotros permanecimos clavados en el umbral de la puerta contemplando la escena. Maestro Miguel Palmera fue el único que avanzó ligeramente sobre el espacio empedrado, pero no hizo nada por detener la lucha. Tampoco pronunció palabra. Sólo miraba a distancia a maestro Eugenio Alonso y sólo él sabría el significado de esa mirada que no necesitaba palabras.

Los perros, sin aflojar, se apoyaron transfigurados por la lucha y en terrible forcejeo aguantaron largo rato, sin desplazarse apenas. El cuello del Quebrado, sin embargo sacudía cada vez con más frecuencia, y de pronto los cuatros traseros del Moro aflojaron y el perro se derrumbó, sin aflojar. En ese momento, la profundidad en la presa del Quebrado se acentuó pasando a dominar c1aramente. Lo que ocurrió a continuación fue muy rápido; el Moro soltó y consiguió a su vez desasirse del Quebrado, replegándose hacia el camino y rebasando a su dueño. El Quebrado avanzó hasta la línea arbolada y allí se detuvo. Maestro Eugenio Alonso taloneó la potra y jinete y perro desaparecieron en la noche. Desde entonces maestro Eugenio Alonso jamás volvió a atravesar la finca de Los Baldíos por el camino de doble hilera de eucaliptos.